lunes, 11 de mayo de 2015

POETAS ANDALUCES. ELENA MARTIN VIVALDI



POETAS ANDALUCES. ELENA MARTIN VIVALDI













ELENA MARTÍN VIVALDI, nació en Granada un 8 de Febrero del año 1907 en el seno de una familia universitaria. Su padre, José Martín Barrales, fue catedrático de Ginecología y hombre de talante progresista, por ello quizá fue una de las pocas mujeres que estudiaban en esa época. En 1938 se licenció en Magisterio y Filosofía y Letras por la Universidad de Granada.


En el año 1942 opositó al Cuerpo de Bibliotecas, Archivos y Museos y obtuvo una plaza como archivera; en calidad de tal trabajó en Huelva, el Archivo de Indias de Sevilla y la biblioteca de la Universidad de Granada. La plaza le permitió la independencia económica necesaria para escribir y el estímulo del contacto continuado con los libros.


Fue contemporánea de algunos poetas de la Generación del 27, pero no se la suele incluir con ellos dado que empezó a escribir mucho más tarde. Publicó su primera obra en 1945 y por ello se le considera como el “enlace” entre la Generación del 27 y poetas de movimientos posteriores, como Antonio Carvajal, Luis García Montero, Rafael Juárez, Javier Egea, Luis Muñoz, etc.


Gallego Morell diría de ella: "Elena Martín Vivaldi pertenece a una Andalucía poética que no va a remolque de Alberti o de Lorca, sino que enhebra con el aliento de Juan Ramón Jiménez y de Salinas después, y de Bécquer antes".

La poesía de Martín Vivaldi se caracteriza por un tono intimista y melancólico y un romanticismo callado donde resuena, el eco de Gustavo Adolfo Bécquer. En ella hay una fuerte presencia de la frustración vital y amorosa, pero no es una poesía pesimista sino muy al contrario es un continuo reafirmarse en la esperanza. La naturaleza, árboles y flores y pájaros sobre todo, supone una constante a lo largo de su obra, con el paisaje como reflejo del estado anímico o moral, regalando así una lección de humanidad.

Su obra poética completa se publicó bajo el título Tiempo a la orilla, en 1985. En 1988 recibió el nombramiento de Hija predilecta de Granada. Fue, así mismo, galardonada con la medalla de la Real Academia de Bellas Artes de Granada diez años después, en 1998, Elena fallecía y con ella se iba una de las voces poéticas más claras y sugerentes de la literatura andaluza de posguerra. En 2007, con motivo del Centenario de su nacimiento,  la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía y la Universidad de Granada coeditaron una antología de su obra denominada “Unos labios dicen”



“El comienzo del alma desvelada: El poema “Vacío” de Elena Martín Vivaldi”
Amelina Correa Ramón

[publicado en El fingidor. Revista de cultura (Granada), año VIII, núm. 31, enero-junio de 2007, pp. 8-9].



            Tras un siglo, el XIX, en que la literatura femenina registró una compleja historia de tímidos avances y de imprescindibles pero lentas reflexiones acerca del necesario cambio de una situación de objeto de la literatura a otra de sujeto de la misma, de musa a escritora, el indudable progreso de la literatura femenina, que corría parejo con el amplio despliegue intelectual que se ha dado en llamar la edad de plata de la cultura española en las tres primeras décadas del siglo XX, quedó cortado de raíz con el estallido en julio de 1936 de la guerra civil. A la pérdida de escritoras exiliadas o encarceladas, habría que sumar la situación de aquéllas abocadas a una suerte de exilio interior, las que vieron _durante su infancia o juventud_ gravemente afectadas sus familias, o las que se sintieron sojuzgadas por el simple hecho de dedicarse a la literatura, que volvía ahora a ser considerada una ocupación "poco femenina". Se trata de lo que Trina Mercader definiría acertadamente como "Años de lentitud, años de aguja sobre un bastidor difícil. Años de puntada pequeña y de paciencia, de tacto"[1].
            La situación descrita para todo el territorio nacional resulta claramente extensible al caso de Granada, donde los oscuros años de la posguerra supusieron, lógicamente, un periodo de silencio casi total en lo literario, hasta que, muy poco a poco, y al igual que suceda en el resto del país, se vaya recobrando tímidamente el pulso artístico y cultural.
            Será en este precario contexto donde Elena Martín Vivaldi comience a escribir sus primeros versos. Se enfrentará a esos días sin horizontes literarios con miedo y con inseguridad, incluso en sus propias capacidades, pero con un doble bagaje muy importante que la marcará de por vida. Ese doble bagaje había sido aprendido _y aprehendido_ en la decisiva casa familiar de la calle Canales _luego Rector García Duarte_, donde habían transcurrido su infancia y juventud, y venía dado, por un lado, por el asiduo y cercano contacto con los libros y la valoración de la cultura como un bien cierto e indudable apreciado por su familia, y, por otro, por el estrecho contacto con la naturaleza y sus ciclos que la poeta vivió en el hermoso jardín de la casa desde niña y que tanto definiría luego su propia obra.
            El estallido de la guerra civil dificultaría la finalización de sus estudios de Filosofía y Letras, que había iniciado en 1931 y que no podría acabar hasta 1938. Después, tras aprobar las oposiciones al Cuerpo de Archivos, Bibliotecas y Museos, es destinada en 1942 a Huelva y, pocos meses después, a Sevilla. De esa etapa datarán sus primeros poemas conocidos, unos poemas que no serían siquiera recogidos en su libro inaugural, Escalera de luna[2], publicado poco después, en 1945.
            Sin embargo, algunas de esas significativas composiciones iniciales verían la luz varias décadas más tarde gracias a la iniciativa de Fidel Villar Ribot, quien realizó una breve y cuidada selección de Primeros poemas (1942-1944)[3]. Dentro de ese librito, que se terminaría de imprimir, sintomáticamente, el primer día de la primavera de 1977[4], se encuentra el desolador pero hermoso poema “Vacío”, fechado en Sevilla, a 1 de octubre de 1943:

Ha venido un tiempo frío
y ha cortado las estrellas;
ya sin aromas, el mundo
se secó, mustio, de pena.
Un viento loco apagó
las flores del jardín; muertas
yacen, sin luces, dobladas
sobre sus tallos, en tierra.
Todas las cosas están
aterradas, y se quedan
mudas, sombrías, la voz
de sus añoranzas yerta.
Grises, vacío, soledad
-el corazón sin espera-;
los cielos de mi dolor
son hondas noches de ausencia.
Lo que yo siento, no es
como en otro tiempo era;
se cambió la vida y va
el alma, entre sombras, ciega.


            Vacío: “Falto de contenido físico o psíquico// […] Vano, sin fruto, malogrado// […] Falto de la perfección debida en su línea, o del efecto que se pretende// […] Falta, carencia o ausencia de alguna persona o cosa que se echa de menos”[5]. Todas estas acepciones -entre otras- ofrece el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia para la elocuente palabra que denomina el poema. Incluso añade también la de “Abismo, precipicio”, no demasiado ajena al contenido del mismo.
            Cualquiera de ellas se podría aplicar para comprender el sentido del título de este poema inicial que Elena Martín Vivaldi escribió en un día de comienzos del usualmente cálido otoño hispalense. Cálido en cuanto a la climatología, pero emocionalmente frío en cuanto que lo que se describe es el desamparo del alma. Se trata, en efecto, de una composición radicalmente intimista, donde se vierte la frustración existencial, principalmente amorosa, que caracterizará la lírica martinvivaldiana plasmándose en una particular cosmovisión que tendrá en los elementos de la Naturaleza uno de sus puntales más importantes.
            Ya se ha adelantado que el contacto de Martín Vivaldi con las flores y plantas de su granadino jardín familiar resultará determinante en su concepción de la vida y de la poesía. Así, ya en estos poemas primeros entre los que se encuentra “Vacío” se aprecia la importante presencia de la naturaleza: viento, estrellas, flores, jardín, tallos, tierra. Todo ello enumerado en las tres primeras estrofas, escritas en tercera persona y con actitud enunciativa[6], pero en un contexto claramente negativo. Así, el viento es “frío”, y luego, en la siguiente estrofa, “loco”; el mundo ha perdido sus aromas y “se secó, mustio, de pena”; las flores se han apagado[7], quebrándose sus tallos, etc. El ambiente de desolación exterior se acentúa con un significativo encabalgamiento: “Todas las cosas están/ aterradas”.
            Las vivencias infantiles que marcarán el futuro de Elena Martín Vivaldi influyeron en su percepción de la naturaleza, sí, pero también _ya ha quedado dicho_  en su contacto con los libros. En este sentido conviene destacar la lectura de un poeta que se imprimirá en su sensibilidad desde siempre, como es Antonio Machado[8]. La influencia machadiana sobre su poesía está fuera de toda duda[9], y se puede poner de manifiesto también en este poema. En efecto, “Vacío” recuerda en no pocos aspectos al célebre poema XI, “Yo voy soñando caminos…”. En principio se puede señalar que ambas composiciones están escritas en estrofas de cuatro versos de arte menor, seis cuartetas en el caso de Machado, y  cinco estrofas romanceadas en el de Martín Vivaldi. Los dos presentan un paisaje exterior que constituye en realidad un reflejo del paisaje interior. Un paisaje del alma que refleja la desolación de la voz lírica. Pero si en el poema de Machado esta voz personal aparece desde el primer verso: “Yo voy soñando…”, en el de la poeta granadina no se manifestará hasta el penúltimo verso de la penúltima estrofa: “los cielos de mi dolor”.
            Pero probablemente donde se encuentre la mayor similitud entre ambos poemas, hasta el punto de poner de relieve una innegable presencia intertextual, sea en los versos centrales del poema de Martín Vivaldi:

Todas las cosas están
aterradas, y se quedan
mudas, sombrías […].

            Lo que remite, sin duda, a la conocida expresión machadiana: “Y todo el campo un momento/ se queda, mudo y sombrío […]”. El mundo exterior acompaña, una vez más, al paisaje del alma, convirtiéndose la naturaleza en resonador de los estados de ánimo del poeta, de su amargura y desesperanza.
Pero, además, la enumeración de términos negativos “Grises, vacío, soledad” que se concreta con la aclaración “el corazón sin espera” (EMV), parece recordar de algún modo a esa simbólica “aguda espina dorada”[10], que, una vez arrancada, deja sumido al poeta en la aridez de la falta de sentimiento amoroso y de intensa frustración vital: “logre arrancármela un día:/ ya no siento el corazón”(AM). Por eso, la última estrofa de Martín Vivaldi comienza con un elocuente: “Lo que yo siento, no es/ como en otro tiempo era”.
Para concluir, Elena elige unos versos lapidarios, que ofrecen un final verdaderamente desolador y rotundo: “se cambió la vida y va/ el alma, entre sombras, ciega”. Frente al considerable estatismo de las estrofas anteriores, donde predominaban los sustantivos y los adjetivos, ese verbo de movimiento, “va”, parece remitir también de algún modo a la iconografía machadiana: “¿Adónde el camino irá?”. En efecto, la vida se presenta como sendero incierto (“y el camino que serpea/ y débilmente blanquea,/ se enturbia y desaparece” AM), por donde el poeta, por donde “el alma”, camina entre tinieblas, sin conocer el rumbo, dolorida, solitaria, y con un “corazón sin espera”, amputada ya la “espina dorada”, la “espina de una pasión”, que hacía sufrir pero mantenía vivo el sentimiento amoroso y la esperanza de una plenitud, ya imposible.


Amelina Correa Ramón

POEMAS

A Antonio Carvajal
Llueves, la noche, llueves reclamando
mi atención, la mirada,
mi entrega a tu constante, entrañada,
  pasión.
Llueves y llueves, lluvia de la noche,
lluvia que te proclamas vencedora
de la estrella más alta,
que pregonas, abates el silencio,
repitiendo tu nombre y tu destino
de palabra insaciable.
Llueves y llueves más,
cuelgas tus hilos
de un cielo recobrado
 en tu sombra y acento.
Llueve tu acompasado ritmo sobre el tejado,
    el árbol,
por las ramas,
  la tierra,
 en la ausencia.
Iluminas la noche y la oscureces.
Hablas y dices tu húmeda pregunta
al que insomne te espía.
Pero yo no respondo.
 ¿Qué me tiene
la frente dolorida, y sin espejos
donde encontrar el corredor que lleve
hasta el hondo lugar que se extiende en lo oscuro,
revelador de un sueño?
¿Por qué tu voz no es hoy
brillante azul,  alegre, triste,
desvelada, mía?
¿Por qué no es puente, aroma
trayéndome el asombro de tus manos?

¿Por qué me dejas sola, con mis ojos
ciegos a la verdad que tú le siembras
a corazón sencillo,
al hombre que te escucha sintiéndose más tierra,
más árbol, más deseo,
 más rama, más raíz  y más humano?
Déjame de tu nombre la inquietud,
guardada en el temblor de tu insistencia.
Que mañana la encuentre,
cuando el sueño
haya borrado este desasimiento,
y amanezca yo en ti,
 ya luz y llama.


Primer día.
                              Primera palabra.
Atrás quedó el dolor, su mano alzada
que golpeó en el rostro del ensueño,
buscando las raíces, el germen de ilusiones
crecido en esta tierra dura y seca
de la carne cansada.
Pero sus dedos torpes no han podido
romper esta corteza improbable y rebelde,
su pujanza de espera.
 
Primer día.
Primera palabra.
La lucha empieza ahora
con un rubor de llama.

Detrás del dolor brilla
la rama verde y tallo.


Tan lejos va el recuerdo, tan lejana
la imagen –esta noche- del pasado,
tan parece mentira lo soñado
como la realidad de fiel mañana.

Esfumándose va, materia vana,
aquello que en mi mente está grabado,
y no sé si es real o imaginado
todo aquel mundo donde anduve ufana.

Instantes son de angustia, cuando veo
cómo se me deshace lo que un día
fuera luz y verdad resplandeciente.

Yo quisiera creer, y ya no creo.
Allí me miro. Y era. Allí vivía.
Hoy sólo sombras luchan en mi mente.

GINKGO BILOBA
[ÁRBOL MILENARIO]
Un árbol. Bien. Amarillo
de otoño. Y esplendoroso
se abre al cielo, codicioso
de más luz. Grita su brillo
hacia el jardín. Y sencillo,
libre, su color derrama
frente al azul. Como llama
crece, arde, se ilumina
su sangre antigua. Domina
todo el aire rama a rama.
Todo el aire, rama a rama,
se enciende por la amarilla
plenitud del árbol. Brilla
lo que, sólo azul, se inflama
de un fuego de oro: oriflama.
No bandera. Alegre fuente
de color: Clava ascendente
su áureo mástil hacia el cielo.
De tantos siglos su anhelo
nos alcanza. Luz de oriente.
Amarillo. Aún no imagina
el viento, la desbandada
de sus hojas, ya apagada
su claridad. Se avecina
la tarde gris. Ni adivina
su soledad, esa tristeza
de sus ramas.
                                          Fue certeza,
alegría – ¡otoño! - . Faro
de abierta luz.
                                        Desamparo
después. ¿Dónde tu belleza?
SIN AMOR

Van cayendo las hojas.
Otoño.
Su amarilla
distancia hace temblar las ramas
de primavera- ¿aquéllas?-
tan desnudas al viento
donde toda esperanza
creciera en flor de lluvia.
Entre el hoy y el ayer
se endurece el suspiro,
y se van deshojando palabras
incumplidas.
Queda el amor sin nombre,
llama azul
sin el fuego de lo irreal.
Mañana
atardecida en sombras,
cicatriz de crepúsculos.
Desde aquí se vislumbran
horas,
ráfagas,
cielos,
lunas,
risas,
colores,
voces,
aquel momento...
Y la mano no alcanza
a sorprender su forma,
luz brillante en el polvo,
inasible al deseo.

Y aquí
donde el amor termina,
donde es fin el principio,
la noche abre sus puertas
hacia el mar del espejo.


 AMARILLOS

I
Qué plenitud dorada hay en tu copa,
árbol, cuando te espero
en la mañana azul de cielo frío.
Cuántos agostos largos, y qué intensos
te han cubierto, doliente, de amarillos.

II
Toda la tarde se encendía
dorada y bella, porque Dios lo quiso.
Toda mi alma era un murmullo
de ocasos, impaciente de amarillo.

III
Serena de amarillos tengo el alma.
Yo no lo sé. ¿Serena?
Parece que entre el oro de sus ramas
algo verde me encienda.
Algo verde, impaciente, me socava.
Dios bendiga su brecha.
Por este hueco fértil de mis ansias
un cielo retrasado me desvela.
Ay, mi esperanza, amor, voz que no existe,
tú, mi siempre amarillo.
Hazte un sol de crepúsculos, ardiente:
ponte verde, amarillo.






[1] .            Apud AGUIRRE, Francisca, Ítaca, Madrid, Cultura Hispánica, 1972.
[2] .            MARTÍN VIVALDI, Elena, Escalera de luna, Granada, Vientos del Sur, 1945.
[3] .            MARTÍN VIVALDI, Elena, Primeros poemas (1942-1944), sel. e introd. de Fidel Villar Ribot, Málaga, Publicaciones de la Librería Anticuaria El Guadalhorce, 1977.
[4] .            Cf. “Colofón” de la obra.
[5]              Diccionario de la Lengua Española, Madrid, Real Academia Española, 1992, 21ª ed., vol. II, p. 2055.
[6] .            Cf. MORÓN OLIVARES, Eva, La palabra desvelada de Elena Martín Vivaldi: 1945-1953, Granada, Universidad de Granada, 2002, pp. 155-156.
[7] .            Obsérvese la curiosa transposición que Elena Martín Vivaldi lleva a cabo en las dos primeras estrofas entre estrellas y flores, identificándolas en buena medida y asociando a cada una de ellas las características de las otras. Así, se nos dice que el viento “ha cortado las estrellas”, como si fueran flores arrancadas de sus tallos, mientras que más adelante el viento “apagó/ las flores del jardín”, que ahora “yacen, sin luces”.
[8] .            Cf. OLIVARES, Julia, Elena Martín Vivaldi, una poblada soledad. Discurso pronunciado por la Ilma. Sra. Doña Julia Olivares Barrero en su recepción pública, Granada, Academia de Buenas Letras de Granada, 2006, donde se estudia precisamente el contenido de la biblioteca que perteneciera a la poeta granadina, destacándose la presencia de Antonio Machado.
[9] .            Eva Morón Olivares la ha puesto de relieve en el estudio de un poema concreto: “Nevermore: La experiencia del amor frustrado en Antonio Machado y Elena Martín Vivaldi”, en  MONTERO PADILLA, José y MONTERO REGUERO, Lola (coords.), Actas del Congreso Internacional sobre Antonio Machado, Vida y obra, Segovia, Real Academia de Historia y Arte de San Quince/ Junta de Castilla y León, 2002, pp. 265-273.
[10] .           Precisamente ese verso, “Aguda espina dorada…”, sirve como cita introductoria a uno de los poemas más machadianos de Elena Martín Vivaldi, el soneto “Nevermore” (Cf. GUTIÉRREZ, José, “Nevermore”. Un soneto inédito de Elena Martín Vivaldi”, Extramuros, Granada, nº 6, 1998, pp. 15-16).

2 comentarios:

  1. Por casualidad llegó a mis manos una antología poética de Elena Martín Vivaldi (a la que entonces desconocía)
    Ahora es mi tesoro de cabecera.
    Me encanta

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