miércoles, 16 de octubre de 2013

POETAS ANDALUCES EN LA MEMORIA. ELENA MARTIN VIVALDI



POETAS ANDALUCES EN LA MEMORIA














ELENA MARTÍN VIVALDI, nació en Granada un 8 de Febrero del año 1907 en el seno de una familia universitaria. Su padre, José Martín Barrales, fue catedrático de Ginecología y hombre de talante progresista, por ello quizá fue una de las pocas mujeres que estudiaban en esa época. En 1938 se licenció en Magisterio y Filosofía y Letras por la Universidad de Granada.


En el año 1942 opositó al Cuerpo de Bibliotecas, Archivos y Museos y obtuvo una plaza como archivera; en calidad de tal trabajó en Huelva, el Archivo de Indias de Sevilla y la biblioteca de la Universidad de Granada. La plaza le permitió la independencia económica necesaria para escribir y el estímulo del contacto continuado con los libros.


Fue contemporánea de algunos poetas de la Generación del 27, pero no se la suele incluir con ellos dado que empezó a escribir mucho más tarde. Publicó su primera obra en 1945 y por ello se le considera como el “enlace” entre la Generación del 27 y poetas de movimientos posteriores, como Antonio Carvajal, Luis García Montero, Rafael Juárez, Javier Egea, Luis Muñoz, etc.


Gallego Morell diría de ella: "Elena Martín Vivaldi pertenece a una Andalucía poética que no va a remolque de Alberti o de Lorca, sino que enhebra con el aliento de Juan Ramón Jiménez y de Salinas después, y de Bécquer antes".

La poesía de Martín Vivaldi se caracteriza por un tono intimista y melancólico y un romanticismo callado donde resuena, el eco de Gustavo Adolfo Bécquer. En ella hay una fuerte presencia de la frustración vital y amorosa, pero no es una poesía pesimista sino muy al contrario es un continuo reafirmarse en la esperanza. La naturaleza, árboles y flores y pájaros sobre todo, supone una constante a lo largo de su obra, con el paisaje como reflejo del estado anímico o moral, regalando así una lección de humanidad.

Su obra poética completa se publicó bajo el título Tiempo a la orilla, en 1985. En 1988 recibió el nombramiento de Hija predilecta de Granada. Fue, así mismo, galardonada con la medalla de la Real Academia de Bellas Artes de Granada diez años después, en 1998, Elena fallecía y con ella se iba una de las voces poéticas más claras y sugerentes de la literatura andaluza de posguerra. En 2007, con motivo del Centenario de su nacimiento,  la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía y la Universidad de Granada coeditaron una antología de su obra denominada “Unos labios dicen”




A Antonio Carvajal
Llueves, la noche, llueves reclamando
mi atención, la mirada,
mi entrega a tu constante, entrañada,
  pasión.
Llueves y llueves, lluvia de la noche,
lluvia que te proclamas vencedora
de la estrella más alta,
que pregonas, abates el silencio,
repitiendo tu nombre y tu destino
de palabra insaciable.
Llueves y llueves más,
cuelgas tus hilos
de un cielo recobrado
 en tu sombra y acento.
Llueve tu acompasado ritmo sobre el tejado,
    el árbol,
por las ramas,
  la tierra,
 en la ausencia.
Iluminas la noche y la oscureces.
Hablas y dices tu húmeda pregunta
al que insomne te espía.
Pero yo no respondo.
 ¿Qué me tiene
la frente dolorida, y sin espejos
donde encontrar el corredor que lleve
hasta el hondo lugar que se extiende en lo oscuro,
revelador de un sueño?
¿Por qué tu voz no es hoy
brillante azul,  alegre, triste,
desvelada, mía?
¿Por qué no es puente, aroma
trayéndome el asombro de tus manos?

¿Por qué me dejas sola, con mis ojos
ciegos a la verdad que tú le siembras
a corazón sencillo,
al hombre que te escucha sintiéndose más tierra,
más árbol, más deseo,
 más rama, más raíz  y más humano?
Déjame de tu nombre la inquietud,
guardada en el temblor de tu insistencia.
Que mañana la encuentre,
cuando el sueño
haya borrado este desasimiento,
y amanezca yo en ti,
 ya luz y llama.


Primer día.
                              Primera palabra.
Atrás quedó el dolor, su mano alzada
que golpeó en el rostro del ensueño,
buscando las raíces, el germen de ilusiones
crecido en esta tierra dura y seca
de la carne cansada.
Pero sus dedos torpes no han podido
romper esta corteza improbable y rebelde,
su pujanza de espera.
 
Primer día.
Primera palabra.
La lucha empieza ahora
con un rubor de llama.

Detrás del dolor brilla
la rama verde y tallo.


Tan lejos va el recuerdo, tan lejana
la imagen –esta noche- del pasado,
tan parece mentira lo soñado
como la realidad de fiel mañana.

Esfumándose va, materia vana,
aquello que en mi mente está grabado,
y no sé si es real o imaginado
todo aquel mundo donde anduve ufana.

Instantes son de angustia, cuando veo
cómo se me deshace lo que un día
fuera luz y verdad resplandeciente.

Yo quisiera creer, y ya no creo.
Allí me miro. Y era. Allí vivía.
Hoy sólo sombras luchan en mi mente.

GINKGO BILOBA
[ÁRBOL MILENARIO]
Un árbol. Bien. Amarillo
de otoño. Y esplendoroso
se abre al cielo, codicioso
de más luz. Grita su brillo
hacia el jardín. Y sencillo,
libre, su color derrama
frente al azul. Como llama
crece, arde, se ilumina
su sangre antigua. Domina
todo el aire rama a rama.
Todo el aire, rama a rama,
se enciende por la amarilla
plenitud del árbol. Brilla
lo que, sólo azul, se inflama
de un fuego de oro: oriflama.
No bandera. Alegre fuente
de color: Clava ascendente
su áureo mástil hacia el cielo.
De tantos siglos su anhelo
nos alcanza. Luz de oriente.
Amarillo. Aún no imagina
el viento, la desbandada
de sus hojas, ya apagada
su claridad. Se avecina
la tarde gris. Ni adivina
su soledad, esa tristeza
de sus ramas.
                                          Fue certeza,
alegría – ¡otoño! - . Faro
de abierta luz.
                                        Desamparo
después. ¿Dónde tu belleza?
SIN AMOR

Van cayendo las hojas.
Otoño.
Su amarilla
distancia hace temblar las ramas
de primavera- ¿aquéllas?-
tan desnudas al viento
donde toda esperanza
creciera en flor de lluvia.
Entre el hoy y el ayer
se endurece el suspiro,
y se van deshojando palabras
incumplidas.
Queda el amor sin nombre,
llama azul
sin el fuego de lo irreal.
Mañana
atardecida en sombras,
cicatriz de crepúsculos.
Desde aquí se vislumbran
horas,
ráfagas,
cielos,
lunas,
risas,
colores,
voces,
aquel momento...
Y la mano no alcanza
a sorprender su forma,
luz brillante en el polvo,
inasible al deseo.

Y aquí
donde el amor termina,
donde es fin el principio,
la noche abre sus puertas
hacia el mar del espejo.


 AMARILLOS

I
Qué plenitud dorada hay en tu copa,
árbol, cuando te espero
en la mañana azul de cielo frío.
Cuántos agostos largos, y qué intensos
te han cubierto, doliente, de amarillos.

II
Toda la tarde se encendía
dorada y bella, porque Dios lo quiso.
Toda mi alma era un murmullo
de ocasos, impaciente de amarillo.

III
Serena de amarillos tengo el alma.
Yo no lo sé. ¿Serena?
Parece que entre el oro de sus ramas
algo verde me encienda.
Algo verde, impaciente, me socava.
Dios bendiga su brecha.
Por este hueco fértil de mis ansias
un cielo retrasado me desvela.
Ay, mi esperanza, amor, voz que no existe,
tú, mi siempre amarillo.
Hazte un sol de crepúsculos, ardiente:
ponte verde, amarillo.




3 comentarios:

  1. No supe de ella hasta ahora que aletea etérea en esta biblioteca de Bashir. Gracias por esta labor que llevas a cabo, hoy ha caído otra hermosa semilla en mi ignorancia. Un abrazo.

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  2. Todos somos ignorantes. Yo la descubrí hace unos años. Su poesía mezcla de naturaleza y sentimiento me llamó la atención. Hoy es una de mis poetas preferidas.

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