lunes, 23 de marzo de 2015

POETAS ANDALUCES. JULIO AUMENTE



POETAS ANDALUCES
Julio Aumente









Julio Aumente, (Córdoba, 1921- 2006).Fue el poeta más independiente del grupo Cántico, el más remiso y el último en publicar, y le interesaba más la vida que la literatura; de ahí el carácter experiencial y vivencial de su lírica. Nunca mitificó la poesía y poseía una excelente faceta desconocida, la de pintor. Entre sus amigos destacaban Pablo García Baena, al que conoció desde la misma escuela, y el psiquiatra y ensayista Carlos Castilla del Pino. Su casa cordobesa, cuidada por su hermana, estaba llena de plantas, cuadros y flores; cuando se lee su poema "La vita non á senso..." se entra en un mundo de lujo y artificio, que es el suyo. Es la obra de uno de los grandes poetas de la sensualidad y la imaginación.
Su trayectoria poética comienza en El aire que no vuelve, un libro entre clásico y modernista, con abundancia de sonetos y metros alejandrinos, endecasílabos y eneasílabos. En estos versos habla de Córdoba y de sus iglesias, la Mezquita-Catedral, envuelto todo ello en una atmósfera suntuaria. En Los silencios hay cierto influjo de la poesía de Vicente Aleixandre y de Luis Cernuda. En El aire que no vuelve se encuentran varios tipos de poemas, unos que poseen una especie de belleza fría o estática y otros que son más vividos, fruto de una experiencia vivida, real. Desde 1958 hay un mutismo total en su poesía. Es la época de la eclosión de la poesía social. Julio Aumente, como el resto de los integrantes de Cántico, sufre de un silencio majestuoso. Por la pendiente oscura, fechado en 1947 y 1965, recoge textos de sus comienzos poéticos, coetáneos de sus dos libros anteriores. Formalmente siguen abundando alejandrinos y endecasílabos, composiciones en verso blanco y verso libre. El tema que trata abundantemente es el del amor terminado, perdido. Evoca el paso del tiempo, el amor a la belleza. En La antesala los críticos vieron el gongorino paladeo de las palabras, la ironía de Manuel Machado y la nostalgia de Juan Ramón Jiménez aunándose en un modo expresivo y muy personal. Aumente introduce en sus poemas elementos coloquiales, banales. Aparece el humor.

El canto de las arpías (prologado por Villena, igual que "La Antesala") significa en cierta medida la ruptura con los miembros de Cántico. El poeta se aleja de la estética dominante en el grupo y asume su propia palabra poética. El poeta ama y se envuelve en el amor y siente y se expresa sin ningún tipo de pudor ni vergüenza. Esa pérdida del reparo, del rubor, ese deseo de mezclar lo personal con lo literario, le dan una dimensión nueva a su poesía. Se convierte en un diletante sin complejos, en un hombre abierto que ha comprendido que la vida es para vivirla sin falsedades. Habla de Gianni, su amor. En este libro alternan los momentos sublimes, versos que parecen haber sido escritos en papiros exquisitos en algún palacio de la nobleza más rancia, con momentos prosaicos en que el poeta se arrastra por lupanares, por miserables garitos de miseria. Julio Aumente se aleja tras su actuación y demuestra su gran personalidad poética tan diferente del resto de los componentes de Cántico.
En su libro Rodolfo el patinador el poeta abraza la vida, sacudiéndose las retóricas al uso y se inclina por una poesía directa, realista, dura, como si de música bakalao se tratara, mostrando una insólita frescura que no cuadra con su ya provecta edad. Porque detrás de cada verso hay sensibilidad y ternura en grandes dosis. Se trata de una poesía sincera, dura, cruda, pero no exenta de lirismo. El poeta ha cambiado su forma de ver las cosas, mucho más crítica ahora, y la sátira que antes se insinuaba en sus versos tiene ahora una mayor presencia.
[Wikipedia]


Bibliografía del autor



El aire que no vuelve Madrid: Rialp, 1955.
Los silencios Madrid: Rialp, 1958.
Por la pendiente. oscura (1947 - 1965) Sevilla: Calle del Aire, 1982.
La antesala (1981-1983; prólogo de Luis Antonio de Villena, Madrid: Visor, 1983
Verde laurel para Michele, Málaga: Jarazmín, 1984.
De los Príncipes Sevilla: Renacimiento, 1990.
El canto de las arpías;prólogo de Luis Antonio de Villena. San Lorenzo de El Escorial: Ediciones Libertarias-Prodhufi S. A., 1993.
De las cabras o Amor y psiqui Málaga: Consejería de Cultura y Medio Ambiente, Delegación Provincial, 1992
La entrevista y otros poemas, Córdoba: Cuadernos de la Posada, 1994.
Poesía completa, 1955-1999; seguido del libro inédito Rollers; edición de Rafael Inglada y prólogo de Luis Antonio de Villena. Madrid: Visor, 2004.



Julio Aumente, la belleza y la calle

De vez en cuando me cruzaba con Julio Aumente por la calle. Nos parábamos a hablar, recordábamos alguna anécdota y nos despedíamos de forma ceremoniosa. Julio era un buen poeta y una curiosidad. Por lo menos, eso sentía yo al verlo alejarse con su andar elegante de persona convencional, de anciano respetable, de señor distinguido y amante de las tradiciones, acostumbrado a vivir entre árboles genealógicos y las maderas nobles de su comercio de antigüedades. Como la poesía tiene siempre algo de secreto conocido, de verdad revelada en confesión, los lectores de Julio Aumente sonreíamos al comparar su figura con sus secretos, esos secretos disparatados, ingeniosos, muy vitales y libres que se dedicó a contar de forma compulsiva en sus últimos libros. Julio pertenecía a la leyenda de Madrid, vivía el relato humano inagotable que convierte a las ciudades en una caja de sorpresas. Dudar de las apariencias es conveniente a la hora de comprender lo que se esconde bajo cada soledad.

POEMAS
DE POÉTICA
Torna voluble el facistol girante
de talladas caobas enceradas y oscuras,
donde en pintados pergaminos lucen
árboles genealógicos hasta Olimpos sublimes.
Comnenos, Lusignan, Valois, Hohenstaufen,
Hungría y Aragón, Plantagenet-Anjou;
es tal tanta belleza suntuaria que habría de ser mentira
–real verdad y mentira del hombre o de la historia, quién la sabe–.
Pues sí, amigos, poética concurrencia,
lucháis como jauría hambrienta por vana dominación.
Tomad mi parte, pavoneaos en el jardín de la fama.
Sin ambición, me quedo errante en mi pasado, en mis salones…



Al Filo De Las Noches

Un cuerpo que se entrega no es difícil hallarlo.
Eso eras tú, un hermoso cuerpo divino y vivo.
Una breve cintura, un racimo dorado
en tus ojos brillando entre los ríos de Agosto.
Pero es fácil que un cuerpo fulja como una gema
si como amor se mira, con verdadero amor.
Amor y no esa débil pasión que muere a un tiempo
con el último goce de los cuerpos vencidos.
Para mí la palabra, para ti la caricia;
para mí la sonrisa y el arco de tus cejas,
para mí el fruncimiento de tu labio rosado,
superior, tibio, altivo, carnal, condescendiente.
Pero el amor no muere porque nunca ha nacido
en ti, que languideces al tocar de los dedos.
Tú buscas el secreto, la dulzura, el peligro
del momento robado al filo de las noches.
La amistad para ti, o el amor, eran sólo
nombres a que invocar en las horas perdidas.



Paisaje Con Campanas

Son ya las seis y media y es domingo. Febrero
trae uno de sus días soleados y dulces
en los que ya se siente rozar la Primavera.
Desde este mirador veo Córdoba: sus torres
  y sus
casas bañadas en el sol de la tarde,
con un silencio apenas roto por unos pájaros
o por llantos de niños en las casas cercanas.
A veces toda la ciudad vibra entera
y el aire es dulcemente rasgado
por la campana de un convento que toca a Vísperas.
Primero es el Císter, luego la Encarnación,
lejos se oyen apenas Santa Isabel y el Corpus.
Después viene el silencio a dominar de nuevo.
Por la campiña se vuelve el aire tenuemente violeta
y en la sierra los montes oscuramente azules,
¿acaso no es la tarde como una nueva aurora?
San Jerónimo cubre su perfil de naranjas.
Un rumor de caballos sube desde la calle.
Las campanas repiten su llamada insistente
y los pájaros huyen de las torres. El Ángelus
se extiende en toda Córdoba entre sol y silencio.
En la blanca azotea de un convento apartado
del mundo por ligeras celosías de madera,
una monja recoge las ropas ya secadas.
La última campana ha cesado. Imperceptiblemente
la tarde va dejando jirones de sí misma
en las cumbres más altas de Sierra Morena.
Lejos hacia Granada las luces van huyendo
y ni un rayo de sol queda ya en los tejados.
Los jardines ocultos van despertando al frío
y de un balcón oscuro surge un rumor de música.
La noche viene lenta casi como la muerte
que se espera, no llega y de pronto ha llegado.



Sarcófago De Córdoba

Allí se reclinó el cuerpo cansado
de aquel que buscó y no halló la absoluta belleza,
verde jardín que refresca el surtidor,
no más, no más sino dormir eternamente.
Filósofo abúlico o dacio mílite,
noble patricio o emperador divinizado,
en tan deslumbrador rectángulo de mármol
rosado mineral, tal si de Paros,
  con
luz lunar iluminada luce
  vegetal o animado relieve
caliente e inmortal
en cuya puerta, innominada, resquicio cierto incita
a traspasar el dudoso dintel ignoto.
Puerta indecisa que separa
sucio mundo presente de un más dichoso prometido;
Hades funesto así lo aceptas sin pavor alguno,
senda de luz y silencio abierta ante tus pies,
niebla acogedora te envuelve en tu mortal deceso,
  esplendor evanescente que hace traslúcido el
frío alabastro.
Sarcófago de Córdoba que en ti mismo devoras
cruel ciudad desdichada a la vulgaridad entregada con desidia.
Descansa ahora y luego resucites,
corta fusión perecedera,
para de ti volver, alta realeza,
polvo o aire, del agua, triunfal de nuevo en ti reconvertirme.



domingo, 22 de marzo de 2015

POETAS ANDALUCES, RICARDO MOLINA




POETAS ANDALUCES
RICARDO MOLINA








Nació en Puente Genil en 1916.  Cursó estudios universitarios en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Sevilla, que debió interrumpir a causa de la guerra civil española. En 1936 se alista como voluntario en el ejército nacional, aunque sus convicciones políticas no parecen haber sido muy firmes. Permanece en campaña durante dos años. En 1940, terminada la guerra, obtiene finalmente la licenciatura en Filosofía y Letras, en la especialidad de Geografía e Historia. Trabajó como profesor en varios centros educativos, aunque sin obtener plaza de funcionario público hasta 1966, dos años antes de su muerte.
Hacia 1943 comienza a frecuentar la compañía de otros poetas, como Juan Bernier, Pablo García Baena, Mario López, con quienes fundará la revista Cántico, aparecida en octubre de 1947. La primera etapa de la revista tendrá sólo ocho números, correspondiendo el último a diciembre de 1948 y enero de 1949. Era homosexual, al igual que otros miembros del grupo, y como ellos, se inspiró en el paganismo y compuso obras de exaltación del cuerpo y el amor. En palabras de Luis Antonio de Villena
Los tiempos fueran poco favorables para un creador que hubo de celar -no siempre con éxito- su condición homosexual, recatando una poesía que (como otras de Cántico) se nutrió hondamente de los alimentos terrenales de lo pagano. El mejor Molina es -a lo largo de toda su obra- ese poeta del júbilo del amor y la sensualidad, tocado de melancolía temporalista y de algunos toques de religiosidad verídica cuanto necesariamente heterodoxa.1
Dentro ya de sus incursiones en el universo del cante jondo, conocería al cantaor Antonio Mairena, con el que trabaría gran amistad, emprendiendo en común diversos proyectos, tales como el Primer Concurso Nacional de Cante Jondo en Córdoba en el año 1956, o el ensayo Misterios del arte flamenco, en 1967. Su labor investigadora junto a Mairena obtuvo un gran reconocimiento en este ámbito.
[VIKIPEDIA]

Obras
Poesía
1945 - El río de los ángeles
1948 - Elegías de Sandua
1948 - Tres poemas
1949 - Corimbo
1957 - Elegía de Medina Azahara
1966 - La casa
1967 - A la luz de cada día
1975 - Dos libros inéditos (Regalo de amante, Cancionero)

Prosa (obras destacadas)

1967 - Misterios del arte flamenco (ensayo de una investigación antropológica)
1971 - Función social de la poesía
1990 - Diario (1937-1946)

Ricardo Molina

FRANCISCO DÍAZ DE CASTRO


El gran poeta que fue Ricardo Molina se anuncia en su primer libro, El río de los ángeles (1945) y se da pleno desde las Elegías de Sandua (1948) hasta Elegía de Medina Azahara (1957). En el primero, abierto significativamente por una cita de André Gide, se presenta un tono hímnico de exaltación del erotismo y del mundo natural, que se contrapesará pronto con el sentimiento religioso de culpa pero que aquí se manifiesta como intensa celebración del cuerpo en una elementalidad sensual en que la vida es gracia, y el deseo -expresado con una ambigüedad de género nunca del todo desvelada en los poemas- la fuerza arrolladora que potencia el cántico existencial en medio de una naturaleza que otorga una hermosura apenas matizada por la reflexión elegíaca.


POEMAS

Ámame sólo como amarías al viento...
Ámame sólo como amarías al viento
cuando pasa en un largo suspiro hacia las nubes;
Ámame sólo como amarías al viento
que nada sabe del alma de las rosas,
ni de los seres inmóviles del mundo,
como al viento que pasa entre el cielo y la tierra
hablando de su vida con rumor fugitivo;
ámame como al viento ajeno a la existencia
quieta que se abre en flores,
ajeno a la terrestre
fidelidad de las cosas inmóviles,
como al viento cuya esencia es, ir sin rumbo,
como al viento en quien pena y goce se confunden,
ámame como al viento tembloroso y errante.




Amor a orilla del río

Qué buscas por el río entre los blancos álamos,
oh, amor, oh, amor de manos de jacinto?
¿Qué buscas esta tarde de setiembre?
¿Qué agradable misterio halaga tus sentidos inefables?
En los cañaverales juega el viento
desnudo como un niño en la orilla del río.
Las espinosas zarzas
forman sombrías grutas goteantes de rocío.
Yo persigo tu sombra invisible;
vivo preso en tu aire; consumido
en los salvajes arenales que el sol quema implacable.
Di, ¿qué buscas en las grutas espinosas
a la orilla de los ríos?
Mientras sigo tus pasos,
la tierra es para mí como un vapor de plata;
los guijarros del cauce del arroyo
Me abrasan  sin piedad los pies desnudos.
¿Cómo pasaste por aquí, cómo pasaste
sin lastimar tus pies, oh, amor desnudo?


Cántico del cuerpo sin alma

Oh cuerpo mío,
oh tempestad de ansia,
oh cuerpo abierto como el mar a todos los influjos del mundo,
lánguido, triste, azotado por los otoños,
solitario bajo la luna de junio,
bajo la luna dormido...

¡Duerme! Oh cuerpo mío, duerme,
oh cuerpo oscuro, semejante al negro cauce de un arroyo en estío,
cuando el aire es un inmenso jazmín diluido
sobre los valles y los prados de la noche.

Oh cuerpo mío,
amorosamente abandonado a la arena de las playas,
allá en la sierra, donde el río con sus olas verdes de pino,
sin cántico ni espuma, ríe y pasa,
duérmete allí; ¿no sientes escurrirse a tu lado con las aguas,
el alma?

¿No sientes -al fin libre-
la gracia poderosa de la encina
y el amor siempre verde de los pinos
infundirse a ti? Di, ¿no sientes
salir de ti el alma tenebrosa que oculta como un velo
                                                                       ardiente y opaco
cuanto amas, oh cuerpo, cuerpo mío?




Cántico del río

Oh qué dulzura.
qué extraña y admirable dulzura,
descender abrazados, desnudos, al fondo oscuro del río,
desnudos y abrazados para siempre,
y así, gozosos, líquidos, disolvernos en ondas,
en claras ondas plateadas, verdes...

Oh reflejar los almesos, los álamos,
copiar la desierta belleza de los molinos en ruinas,
sentir temblar sobre nuestras miradas transparentes
cuanto se desmaya en el aire;
la mañana, la luna, los pájaros, las nubes,
las barcas silenciosas, las torres amarillas...

Oh qué dulzura,
qué extraña y admirable dulzura,
sentirse acariciado largamente
por las inquietas imágenes temblorosas
de los seres que viven en la orilla del río...

Desnudo

Estoy desnudo, el sol con fuego dice
cuanto diría el hombre enamorado.
Basta el silencio a confesarlo todo,
si tendido en la orilla de algún río
el hombre calla y en su pecho, mudo,
un sol como el del cielo resplandece.

Ya lo sabemos todo. Que son rojos
los labios que se besan en la orilla,
que la vida es un breve y dulce abrazo
y que con la mañana una alegría
sin nombre nos invade silenciosa.

Ya no necesitamos las palabras.
Ya basta el sol que besa, basta el río
que nos lleva en sus ondas lentamente,
el viento que los ojos acaricia,
la verde sombra que en la boca tiembla.



Elegía I

Mi alma es casi dichosa y casi triste
porque el cielo es el mismo cielo de nuestra dicha
y el amor que me inspira,
ay, es el mismo amor de aquellos días.

Y por eso mi alma, triste y dichosa a un tiempo,
es igual que una virgen embriagada
o una antigua bacante
que ríe y llora ebria en las colinas,
y está loca de vientos y de lunas,
de soles y de pinos y de altura,
y llora y ríe sin saber qué hace
y sus pies en las flores despiertan leve música
y el torrente acompaña sus éxtasis salvajes
y el crepúsculo besa sus mejillas
y la creación resuena a su voz amorosa
y le responde con ardientes ecos,
y a través de la sombra
con sus astros lejanos le contestan los cielos.

Así, mi alma no sabe qué dice ni qué calla
y está casi dichosa y casi triste
y sin saber por qué llora y sonríe
y canta y se lamenta,
y va como una virgen destrenzada y desnuda
por valles y montañas,
y los pastores huyen a su paso
y las mozas se ocultan para verla,
y su fervor por todo es tan divino,
y su amor tan ardiente
que nadie lo comparte,
y por eso va sola
por las verdes colinas y las montañas grises,
sola, casi dichosa y casi triste.


Elegía II
¿A qué he venido entre los verdes árboles
del bosque traspasado de armonía?
¿Por qué canta la vida con sus labios ardientes
de roja miel una canción lasciva?
    
¿Qué insinúan las aguas
al desgarrar sus muslos de espumas en las rocas?
¿Por qué al pasar las frescas alamedas
me invita una voz leve y tenue en su sombra?

¿Qué amor bello y desnudo lo mismo que el verano
me llama por mi nombre e invisible suspira?
¿Qué amor, qué loco amor va siguiendo mis pasos,
inflamando la tierra erizada de espigas?

¿A qué he venido en este mediodía
al bosque solitario?
¿Por qué me pierdo entre los verdes árboles
alargando a su sombra turbadora mis brazos?